| LA METAETICA DE JOHN RAWLS EN SU TEORÍA DE LA JUSTICIA |
Por el Dr. Leonardo César Fillia
I- Introducción
Para introducirnos en nuestro trabajo cabe comenzar diciendo que al hablar de metaética, debemos referirnos concretamente a la posición que los autores toman en cuanto a filosofía de la moral. Es decir, nos introducimos a analizar el discurso ético de segundo orden o de nivel previo que acompañará una determinada teoría, elaboración u opinión en torno a algún tema específico.-
Y es que la historia de la filosofía, sea lo que sea en lo que pretenda enfocarse, siempre se topará con la necesidad de argumentar desde qué lugar y con base en qué posición metaética sostiene o construye sus principios.-
En este sentido, las posiciones caben agruparse en dos grandes categorías: los escépticos y los realistas morales. Aquellos que entienden que los juicios morales no son pasibles de verdad o falsedad y que derivan de la apreciación netamente subjetiva o personal, y aquellos que reconocen una realidad moral externa con la cual contrastar enunciados, principios o juicios, que sí serán pasibles de calificarlos como verdaderos o falsos en materia ética o moral.
Dentro de éstos, a su vez, cabrá distinguir entre quienes encuentran su base moral objetiva (y en la mayoría de los casos con pretensión de validez universal), en un nivel llano, empírico (naturalistas), y entre los que aprecian la verdad moral objetiva en un nivel supra-empírico (metafísica), del que emanan los juicios morales verdaderos y de validez en todo lugar y tiempo.-
En lo particular, es John Rawls, quien, en su Teoría de la Justicia, elabora una construcción de la misma realmente innovadora y con la que, desde la humilde aproximación a sus conceptos, estoy muy cerca de coincidir. Ello, con independencia de la fácil crítica que pueda hacerse sobre la utópica posición original que nos plantea. Abandonaremos ese análisis por tratarse de un presupuesto metodológico de su elaboración y nos focalizaremos en elecciones que el autor ha debido efectuar necesariamente en un meta nivel a la hora de estructurar su teoría.
Pero el tema que se plantea aquí no es de simple talla y ha merecido discrepancias en reconocidos autores, que han discordado en calificar al autor norteamericano como un escéptico moral que desarrolla su filosofía política sin valoración moral objetiva, y en concebirlo como un realista moral que no despoja de juicios éticos verdaderos a su concepción de justicia.
Incluso terceras opiniones han intentado conceptualizarlo como un procesalista de la moral, donde el valor moral es objetivo y empírico pero no procedente del mundo exterior sino construido a través del discurso y la deliberación pero a nivel procesal siguiendo a raja tabla pautas estructurales (Habermas).
Estos serán entonces los tópicos de análisis propuestos para este trabajo, con una breve revisión previa en la primera etapa, de cada escuela que aquí solo se han mencionado, presentar la postura del suscripto en una segunda etapa, para luego finalmente, en una tercera y principal etapa del trabajo, intentar tomar posición sobre la que creemos es la tesitura más ajustada a la obra de John Rawls, que adelantamos desde ya, no será otra que el constructivismo, cuasirealismo moral, o moral objetiva por consenso.-
Sabemos positivamente que el desafío es grande en tanto opiniones más calificadas ya han discutido esta cuestión hallando en Rawls un realista moral, un escéptico moral o un procedimentalista de la ética. Pero si el desafío es grande, el placer de intentar sortearlo con éxito, también lo será.
II- Escepticismo moral, realismo moral y posturas eclécticas
Podríamos definir el escepticismo moral, no como la negación de la moral en sí misma, sino con la imposibilidad de objetivar la misma. De tal modo, existiría un descrédito de toda posibilidad de elaborar un juicio moral verdadero diferenciado de uno falso de manera descriptivista, siendo inadmisible la idea de hechos morales propios del mundo como si se tratara de objetos materiales.
Esta corriente de pensamiento, se acerca por ende a posturas subjetivistas, en tanto se admiten juicios morales personales, tantos como personas existan, en tanto no se trata de otra cosa que de convicciones de formulación y praxis netamente personal.
Las intersubjetividades en ese sentido, no implicarían para estas posturas, ninguna posibilidad de objetivar una realidad moral.
Dando contenido al escepticismo moral, Barbarosh sostiene: “…defiendo en este trabajo la concepción metaética del escepticismo moral. Esta concepción sostiene que no hay hechos morales, ni verdades morales ni conocimiento moral. Esta concepción subyace y permea a todas las consecuencias principales que se desarrollan o se extraen de la exposición de los distintos problemas de la justicia distributiva...”[1].-
Se rechaza aquí el concepto de un bien único y verdadero con pretensión de universalización u objetivación, descalificando pretensiones tales incluso para los producidos de acuerdos y deliberaciones que serán únicamente meras aproximaciones a la objetividad.-
La crítica de los escépticos morales a los realistas viene dada por las grietas ontológicas y epistemológicas que presentan para demostrar o corroborar tácticamente la absolutez valorativa que pregonan.
El escepticismo, además de recalcar lo que anticipamos en punto a que la universalidad no implica de por sí objetividad, también pone énfasis en aquello de que la intersubjetividad no derivará en objetividad. Es John Mackie, citado por el autor argentino en la obra mencionada, quien hubo de afirmar que la pretensión de objetividad derivada de la práctica intersubjetiva es la que dio lugar a un seudo realismo moral, concebido como “constructivismo moral” o “cuasirealismo moral”, al que nos referíamos al introducir el tema y que será la posición defendida en lo personal y atribuida a John Rawls al interpretar su construcción de la justicia como equidad.
Por su parte, el realismo moral plantea la existencia de valores objetivos y externos, como anticipáramos, en la inteligencia de que el hecho moral es tan existente como el hecho material y como tal puede ser apreciado y pasible de verdad o falsedad.
En consecuencia si el juicio moral o hecho moral preexiste y trasciende al individuo observador, no dependerá de subjetivismo alguno ni de evaluaciones personales de preferencias o convicciones en cuanto a la ética para existir. Es decir, el hecho moral está y es, más allá de quien lo aprecia.
De base metafísica o no naturalista en la mayoría de sus casos, o al menos los más reconocidos. Serán Kant y Hegel quienes elaboraran su filosofía sobre la base supra-empírica, platónica, de corte idealista en la producción del conocimiento pero realistas a nivel moral.
Tales caracteres, hacen del realismo moral, una corriente metaética basada en la objetividad y la pretensión de validez universalizable de valores morales absolutos en todo lugar y tiempo.
El vehiculizante por el cual el hombre adquirirá ese conocimiento moral objetivo, será la razón, la intuición o la fe dentro del contexto de religiosidad suponiendo a Dios como la fuente de esa moral objetiva, entre otros ejemplos imaginables.
La posibilidad de merituar como verdadero o falso el hecho o juicio moral, introduce esta corriente en el descriptivismo, naturalista o no naturalista (según la realidad moral se halle a nivel empírico o supra empírico). Descriptivismo que, como se dijo, es rechazado por los escépticos morales.
Se opone, en consecuencia, a los conceptos anteriores en tanto reconoce un valor moral en sí mismo, propio, intrínseco en los hechos del mundo, descartando que se traten de meras preferencias proyectadas desde el interior de cada uno hacia el exterior que lo rodea.
El internalismo, negador de verdad objetiva, es escéptico, sin perjuicio de los matices que lo diferencias del subjetivista naturalista que admite valores morales exteriores como posibles pero incognoscibles.
El externalismo o realismo moral, no proyecta preferencias particulares de cada uno ni se apoya en la pretensión de hallar en el mundo lo que uno desearía encontrar. No existe posibilidad de recortar la realidad para adecuarla a la moral de cada uno en proyección hacia el exterior, sino que el hecho moral es, existe y está ahí fuera, con independencia de las razones que individualmente puedan esgrimirse para la dirección del plan de vida. Esa es la objetividad que distingue a los realistas morales, donde poco importa lo que cada uno piense.
Para culminar con este breve repaso de posturas metaéticas habré de referirme a posturas que se pretenden terceras vías entre estos dos polos opuestos ya presentados. Me refiero al constructivismo o cuasiralismo moral por un lado, y al procedimentalismo por el otro.
En la teoría de Rawls hay quienes sostienen que se carece de valores objetivos y que solo se aprecian en un nivel de ética normativa, la justificación de reglas acordadas intersubjetivamente para derivar allí en un resultado imparcial. Esta es la idea de por qué se califica de procesal la justicia rawlsiana, en tanto el resultado necesariamente es justo si se respetan las reglas que normativizan el desarrollo de la deliberación y acuerdo en la ceguera de la posición originaria, garantizadora de un ánimo equitativo propio del querer asegurar el máximo posible dentro del mínimo en absoluta ignorancia de lo que vendrá.
Este procedimentalismo que se le atribuye, emana de la calificada opinión de Jürgen Habermas quien también desarrolla un esquema procesal pretendiendo alcanzar mediante el consenso en la teoría de la argumentación, verdades con pretensión de validez. Esa ética es discursiva y derivará, a su entender, en una conclusión objetivamente válida luego de la participación superadora entre sí de los hablantes que deseen argumentar en el marco de la acción comunicativa. Pautando reglas en la argumentación, de ser respetadas, se alcanzará una posición consensual objetivamente válida[2].-
Aquí entonces, las conclusiones son necesariamente verdaderas y universabilizables a partir de la producción de un consenso emanado de un procedimiento deliberativo.
La similitud es procedente en tanto es cierto en Rawls, tanto como lo es en Habermas, que los resultados son justos si emanan de ciertas reglas de procedimiento.
En otro orden, existen quienes califican de postura intermedia al llamado constructivismo como tercera vía entre el realismo moral y el escepticismo moral. Ha sido defendido por David Brink postulando la existencia de “…hechos morales y proposiciones morales verdaderas pero discrepa con el realismo moral del estatus moral de esos hechos y verdades morales.” [3].-
El constructivismo de Brink, que incluso advierte sería aplicable a Rawls, se basaría en la idea de hechos y verdades morales “…relativas a diferentes cuerpos de evidencias…en lo que hace a diferentes creencias morales acerca de las personas (ideales de personas)…” [4].-
Tal vez la postura ecléctica o de tercera vía más atribuida a Rawls sea en el procedimentalismo en tanto se ha entendido una forma procesal de interpretar la autonomía kantiana disminuyendo así sus contenidos metafísicos.
Ello sin perjuicio de que el concepto de tercera vía en metaética podría concebirse como el denominado cuasirealimso moral (Simon Blackburn) que daba contenido al mismo en tanto el discurso moral se limita a la visión propia del hablante.[5]
Es de descartar este supuesto de cuasirealismo en tanto se circunscribe a lo que es objetividad moral para el hablante casi como una manera de proyectar la interna convicción hacia el exterior, pero sin admitir la verdad moral en sí misma.
Corresponde anticipar a esta altura, toda vez que no es objetivo de este trabajo seguir ahondando en conceptos que se darán por conocidos sino ir a lo que es atribuible a Rawls a nivel metaética en su obra excelsa, que el suscripto adhiere a un modo de cuasirealismo, por así llamarlo, entendido por la moral objetiva con hechos y juicios morales verdaderos o falsos, por condicionamiento cultural, y será cuasirealista en tanto asume conscientemente dos abstenciones: A) no pretende universalizarse asumiendo una objetividad acotada al contexto cultural dado en determinado tiempo y momento histórico de una sociedad o pueblo (autorelativización), B) no intolera al disidente sino que admite pacífica convivencia con el miembro minoritario de una subcultura (no contracultura), que quizá pueda rever su postura en algún momento y suscribir al “acuerdo moral” preexistente, o bien imponer en la deliberación futura e interacción igualitaria lo que ahora es disenso y pasaría en todo caso a transformarse en un nuevo consenso. Casi como en las ciencias duras ocurre con los cambios de paradigma kuhneanos, que quiebran el consenso asumido por la ley física propia del paradigma anterior a la revolución científica.
Era necesario, y lo es aún, confesar qué clase de cuasirealismo o realismo moral por condicionamiento o elección cultural, como habremos de llamarlo, aquí suscribimos para luego pasar a argumentar y dar razones de por qué se considera que le cabe a John Rawls este tipo de realismo moral, y no el que podría denominarse realismo “strictu sensu” carente de aquellas dos abstenciones. Claro está, en esa etapa medular de nuestro trabajo, se responderá a quienes quieran encasillar al autor en alguna de las dos posturas generales e históricamente ubicadas en la metaética como polos opuestos, no de manera personalizada sino enfrentando posibles argumentos en contrario a la oposición defendida.
Adelantamos conclusiones que intentaré probar. Consideramos a Rawls un realista moral en este sentido (o cuasirealsita o constructivista si se quiere) y daremos entonces un poco más de contenido al realismo moral que defiendo, luego de haber pasado revista previamente a las posiciones extremas (escépticos y realistas) y pretensas terceras vías (procedimentalismo o constructivismo en un sentido distinto al aquí defendido).
III- El realismo moral que se defiende
Como primera medida asentamos que se rechaza la línea de pensamiento no descriptivista en términos de juicios éticos o morales (de lo que se trata aquí) por entender que los juicios éticos pueden ser pasibles de verdad o falsedad en tanto sean apreciados por personas miembros de una comunidad determinada que fija y sostiene consensualmente valores éticos nucleares que le dan conformación a su estado o forma de civilidad, o aunque más no sea, de convivencia.
La propia meditación podrá dar lugar a juicios éticos o morales personales propios de cada subjetividad alejados de verdad o falsedad en tanto introspectiva.
Ahora bien, en el marco de la vida social que trasciende las íntimas convicciones, se asume la posibilidad de esgrimir juicios éticos verdaderos o falsos.
Dentro de ese descriptivismo, cabrá una postura naturalista y otra no naturalista. La primera asociada al empirismo la restante en lejanía del mismo.
Se adhiere al naturalismo en tanto análisis empírico y no supra-empírico a la manera de Kant y Hegel (“Metafísica de las costumbres” y “Filosofía del derecho” y “Sistema de Eticidad” respectivamente) asociado a un ya descartado (vale recordarlo) idealismo en el que la verdad de los juicios morales viene dada por esencias o por un ente sobrenatural del que emanan los juicios morales absolutos y ahistóricos a los que hay que adherir sin cuestionamiento viable alguno (metaética).
Aquí se defiende el deontologisismo, basado en la idea de prelación de lo correcto sobre lo bueno y no su inverso consecuencialista.
Este deontologisismo es propio de lo subjetivo que define el juicio moral mas no de manera individual sino de manera colectiva y difusa (no centralizadamente pues no es un sector dominante el que establece la ética a imponer, ni una única comunidad o sociedad la que dicta juicios morales a las restantes existentes).
Creemos sí entonces, en la conformación de juicios éticos verdaderos y falsos según se compadezcan o no con la realidad en la que se emiten o desarrollan como cultura condicionante de los mismos en tanto según el consenso vigente se aceptarán o rechazarán (verdad o falsedad) como valores éticos nucleares (hallando en el derecho por ejemplo, su receptación positiva y aplicación a casos concretos de conflicto donde la norma se revisará, interpretará y aplicará como corresponda).
Esa genealogía colectiva de la moral o ética a modo de consenso no es más que aquel condicionamiento cultural histórico de un grupo social dado al que me refería como comunidad.
Será esa cultura de consenso la génesis de los juicios de valor verificables en materia de ética.
Esto no por descreer en la existencia de un Dios sino por reconocer que la realidad que trasciende la propia convicción (coherencia mediante con aquello de adherir al realismo y rechazar el idealismo), puede reflejarnos que los juicios éticos que uno puede haber adquirido en la religiosidad occidental que le ha tocado vivir no necesariamente pueden objetivarse como pautas morales universales, absolutas y trascendentales a la naturaleza humana, y aplicables a otras culturas como las orientales, por ejemplo.
Solo por advertir, relevamiento mediante, que cada cultura posee principios que le son propios y hacen a la conformación de su identidad como pueblo sin que pueda afirmarse un necesario denominador común, es que asumimos la postura anticipada.
Nótese que incluso distintas religiones creyentes de Dios bajo distintas denominaciones, elaboran normas de conducta compatibles con su convicción pero distintas entre sí, lo cual llevaría a pensar dos posibilidades: A) Dios se comunica distinto con los hombres en una religión respecto de otra o les envía mensajes diferentes en una suerte de auto-contradicción divina, o B) la decodificación como traducción en el mensaje ético en concreto es distintiva de cada historia, cada momento, cada tradición o cada realidad social, política, económica o cultural que ha tocado vivir.
Entiendo que las discrepancias se explican a partir de la segunda opción y por eso asumimos un realismo moral relativo a cada consenso en el seno de un grupo social determinado que puede o no coincidir con la producción ética de otro.
Cada nacido sobreviviente al momento en que esa moral objetiva se gestó en una suerte de posición originaria hipotética (adelanto similitudes con John Rawls), habrá de suscribir o discrepar.
Mientras las adhesiones, deliberación mediante en un eterno retorno a la genealogía colectiva de la moral, sean más que las discrepancias, susbsistirá el realismo moral objetivo pero limitado con tolerancia al miembro de la subcultura que tal vez algún día, con cambios políticos, económicos, geográficos, etc., que toquen vivir a esa sociedad, pueda pasar a ser el nuevo consenso.
Como dijimos, comparación válida mediante con ciencias duras, así como un paradigma vale por consenso hasta que se cambia en una revolución científica a la manera kuhneana en materia de ciencia de la naturaleza, también será el consenso el que otorgue validez o falsedad a un juicio moral dado en un determinado ámbito acotado y acotante pero objetivado al fin.
Rechazamos el escepticismo moral, pero mi realismo moral queda contenido en el marco de una sociedad o cultura, que lo condiciona y al que es relativo, sin posibilidad de interpretar valores morales absolutos o universales y atemporales que se sostengan sin apelar en la argumentación para universalizarlo, a condimentos de historia, tradición, educación o cultura de cada pueblo, y sin poder convalidar esos juicios morales en un meta-nivel que no necesariamente es reconocido, válido y asequible por y para todos los seres humanos.
IV- ¿Qué metaéctica se aprecia en la obra de Rawls?
Creemos haber introducido el tema de investigación, pasando breve revista en las posturas clásicas y no tanto a nivel de metaética, y haber confesado la posición personal en ese aspecto para salvaguardar transparencia y presentar argumentos que creemos trasladables a la obra del autor y texto que analizaremos.
Es hora entonces de motivar por qué se considera que John Rawls en su Teoría de la Justicia, no es un escéptico moral, ni un realista moral “strictu sensu” ni un mero procesalista de la justicia, sino antes bien, que construye su justicia sobre la idea de la cooperación y el consenso asumiendo una moral objetiva y real por acuerdo, en lo sustancial y no solo en lo formal.
Para ello, alternaremos en segmentos del relato en apoyatura de nuestra tesis, con argumentos para intentar responder a los defensores de una atribución metaética distinta para con el autor en cuestión. Siempre con la obra principal del mismo como principal referencia. Veamos.-
En términos de las fuertes críticas que Sandel efectúa a Rawls cabe destacar que para aquél, éste ha planteado al existencia de un “yo” asocial previamente individualizado donde su principal característica es la autonomía kanteana de elección de fines, aunque parecería existir una valoración intersubjetiva por dar prioridad a la justicia.-
Desde allí, elabora el autor mencionado críticas en punto a que Rawls no admite lazos sociales constitutivos de la identidad de la persona lo cual es casi como negar el contenido mismo de los seres humanos que interactúan en esa posición hipotética.
Sentado ello, parecería que Rawls es un escéptico moral en tanto presupone que cada persona solo emitirá preferencias arbitrarias y netamente personales a nivel deliberativo. Los juicios morales serían allí, dice el autor, puramente subjetivos.-
De hecho, en la obra de Stephen Mulhall y Adam Swift, en la que se recepta la exposición de Sandel, se lee: “…En suma, mi elección de fines o de concepciones del bien es arbitraria; expresa mis preferencias, y no tiene otro fundamento menos subjetivo ni más racional. Según Sandel, el concepto rawlsiano de sujeto obliga a mantener un escepticismo moral general que se compagina con la exigencia liberal de neutralidad…”.[6]
Evidentemente, estas expresiones dan cuenta de un Rawls concebido como escéptico moral, pero en la misma obra, otro pasaje que advierte sobre posibles contradicciones en el pensamiento rawlsiano, nos entrega pistas sobre una viable interpretación en contrario. Así se atribuye a Sandel el planteo de un interrogante calificado como serio, concordando aquí con esa conceptualización: “…si la posición originaria está concebida de un modo que garantiza que todo acuerdo al que se llegue será justo, ¿qué margen de elección tienen entonces las personas que se encuentran en la posición original? Aunque en teoría son libres de elegir los principios que quieran, su situación está concebida de un modo que garantiza que sólo desearán escoger determinados principios en los que coincidirán por unanimidad…”[7].-
Estas líneas evidencian la existencia de un acuerdo que va más allá de lo meramente procesal puesto que el acuerdo unánime incluye principios que de no trascender lo meramente ritual nada tendrían de interesantes, puesto que, como marca la crítica citada, ninguna relevancia tiene un acuerdo inevitable puesto que al seguir reglas de juego todo será justo.
Digamos, si Rawls no valorara positivamente la equidad como solidaridad social y desvalorara la diferencia de clases nadando algunos en abundancia y otros por debajo de lo que serán libertades básicas (por eso se atreve a compatibilizar libertad e igualdad desafiando a clásicas posturas liberales), ¿por qué razón se pretende arribar a esa reciprocidad y equidad si su desenlace es a través de un procedimiento que siempre es justo por la ceguera de los partícipes?
Esa ceguera de partícipes podría incluir que alguno se auto-reconozca con talentos superiores en la oratoria erigiéndose en espontáneo líder y en consecuencia usando su arte de persuasión para conspirar contra el principio maximin y querer “el todo de lo que sea bueno” aunque ignore de lo que se trata. ¿Eso también sería aceptado por Rawls por el hecho de emanar de una deliberación que nació en velo de ignorancia? Definitivamente su obra completa nos indica que no.
El que era escéptico, se reserva valores morales a la hora de arribar al acuerdo puesto que no es cualquier acuerdo justo sino un acuerdo justo por equitativo y recíproco. No es un proceder que deriva en cualquier justicia procesal sino una justicia procesal moralmente construida. Y esto es un gesto del cuasirealismo moral que se ha defendido aquí.
Y destacando como contradictorios estos pasajes de Rawls, los autores citados sentencian: “…si estamos dispuestos a aceptar que la posición original es una forma apropiada de representar la deliberación sobre justicia…estamos ligados a los demás por vínculos morales…”[8].-
Esto no es un dato menor, puesto que confirma que en la formulación de la obra de Rawls, caben dos posibilidades: primero, discrepar en esa presunta abstracción valorativa total de los partícipes de la deliberación en la posición originaria; segundo, que aunque realmente sean sujetos previamente individualizados en ajenidad total con la comunidad sin un ser social en su interior, nada obsta a que de la deliberación nazcan recién allí acuerdos morales objetivados en la interacción de los que hasta ese entocnes se presentaban asociales e individuales. Ambas posibilidades son compatibles con la postura que se adelantara en este trabajo.
La contradicción radicaría en que por un lado un “yo” previamente individualizado se aproxima a deliberar con propias concepciones del bien totalmente arbitrarias y subjetivas, para luego dar rienda suelta a rasgos constitutivos con y en la comunidad política que allí se suscita que, necesariamente, dará lugar a principios comunes por acuerdo intersubjetivo con concepción del bien tal vez general y objetivada.
Estas dos polarizaciones refuerzan la idea de una postura intermedia ya sustentada.
Esta apreciación se termina de graficar en uno de los pasajes finales de la obra en la que se pone de resalto lo que en el acápite III se ha definido como los factores condicionantes que acaban por conformar una moral objetiva acotada pero objetiva al fin.
Así se sostiene: “…la percepción de nuestra propia identidad es inseparable del hecho de que nos concebimos a nosotros mismos como miembros de una determinada familia, clase, comunidad, pueblo o nación, portadores de una historia específica y ciudadanos de una república concreta…”[9].-
Insistimos, aún si se imaginase una situación hipotética que niegue esta realidad y suponga personas como compartimentos estancos del mundo, todo indica que se generará de todos modos, aún en la justicia de Rawls, un sabor a moral objetiva por acuerdo llamada justicia que trasciende lo adjetivo para ganar en lo sustantivo en tanto se finca en ideas genuinas o generadas de cooperación, reciprocidad, equidad y respeto por la libertad con desaprobación a la desigualdad como disvalor e inmoralidad.
Evidentemente, la lucha por la libertad lleva a Rawls al escepticismo moral en tanto cada quien es libre y racional para elegir arbitrarias preferencias morales subjetivas sin que ello importe demasiado o sea un problema en la posición originaria y bajo el velo de la ignorancia. Pero a poco que la segunda mitad de la preocupación gane la escena, en la idea de sustentar la igualdad compatibilizada con esa libertad primigenia, aparece el desarrollo comunitario político en el que se define algo más que la identidad individual previa, y es la identidad cultural de ese pueblo preocupado por saldar diferencias.
Si el primer principio lo hace escéptico moral, el segundo lo realiza como objetivista moral porque ya no da lo mismo lo que cada uno piense si así se acentúan desventajas que pueden ser compensadas mediante la cooperación social.
Lo que se descartara allí se prioriza ahora. Puesto que la identidad de grupo así lo reclama y es allí donde el acuerdo no es solo un desenlace necesariamente justo, sino que contiene valoración moral objetiva.-
Lo que aparta al cuasirealismo definido aquí del escepticismo moral es la reacción espontánea de desaprobación de ese grupo que ya sustentó cultural e históricamente una tradición moral distinta. Ese es el confronte empírico, fáctico y no contrafáctico, que nos permite distinguir la verdad o falsedad de los juicios y hechos morales, y ese es el componente que convierte la postura en realismo moral con los alcances y límites que ya presentáramos.
En definitiva, Rawls parte de considerar una posición que de tan originaria que es, los que la integran desconocen todo dote natural, talento, procedencia social o valor moral previo.
Ahora bien, ese nivel de abstracción, como dijimos, no es tal si tenemos en cuenta que el propio Rawls rechaza por inmoralidad afectar la dignidad humana que de por sí merece reconocimiento. De hecho soporta las críticas que se le realizan de violar derechos naturales en su plan de redistribución y de cooperación social para los más desaventajados, contestando que es inadmisible que por no interferir deba observarse la realidad de otros seres humanos en menos libertades que las básicas y con un ejercicio inocuo de libertades reconocidas sólo nominalmente.
¿Cómo se preguntan los deliberantes por lo que pueda faltar y que está mal que falte en el esquema social de una sociedad bien ordenada en una posición de base totalmente neutra y privada de cualquier connotación valorativa? Ni siquiera podrían reconocer que hay algo que falta, si el esquema es 100 % procesal y avalorado. Evidentemente el contenido valorativo o preexiste o se despierta espontáneamente al producirse la deliberación entre “seres humanos”.
Además de ello, nada impide que la presunta neutralidad valorativa deje de ser tal dando paso a valores morales construidos en ese momento mediante acuerdo que no solo garantice una justicia por seguir reglas de juego sino también una moral colectiva.
¿O acaso no se aprecia un claro contenido de moral objetiva occidental en ver como desaprobado y desaprobable que un padre no alimente a su hijo al elaborar Rawls sus tres leyes morales? (ejemplo citado en reiteradas oportunidades en la obra sub examine).
Me pregunto, para el autor, que un padre no alimente a su hijo ¿es injusto o inmoral? Creemos que con el correr de este trabajo se verá que para Rawls eso es inmoral y que la abstracción total no es tan total en la posición originaria y aunque lo fuera “ab initio” rápidamente puede dejar de serlo producto del consenso que allí se gesta.-
De hecho, la reciprocidad que plantea, en distinción de la imparcialidad altruista y la ventaja mutua egoíista, es una idea moral, porque supone la ausencia de dos desvalores: el martirio y el “todo para mí”. Ambos llevarían al fracaso de la sociedad colectiva, plural, razonable y equitativa.
Autores reconocidos son los que conciben a Rawls como un escéptico moral aunque existen otros que lo entienden un realista moral.
Entre los primeros, Eduardo Bárbarosh, en su reciente obra, afirma: “Intento probar que la concepción política de la justicia de John Rawls y su noción de un liberalismo político neutral encuentra su fundamento metaética en el escepticismo moral”[10].-
Incluso citando un pasaje de John Rawls en la obra que continuara a la Teoría de la Justicia, me refiero al Liberalismo Político, da cuenta la consideración del autor de los hechos como meros hechos sin más que un necesario marco de razonamiento –justicia procesal-, como método[11].-
Ese escepticismo es sostenido a partir de los conceptos de neutralidad y tolerancia que caracterizan la idea y concepción de justicia de Rawls, pero ello, aunque insinuaría una ausencia de valores morales objetivos, no es más que la posibilidad claramente admitida de sostener una moral objetiva construida en el marco de la sociedad hipotetizada, sin que eso lo haga menos objetivo de estar a los límites ya trazados para nuestro cuasirealismo moral.
De hecho, la tolerancia y neutralidad bien pueden ser los lineamientos para la convivencia pacífica con la llamada subcultura sin ánimo de exterminio ni de opresión hallando en lo neutral lo que nadie impone sino que se conforma colectivamente
Es decir que existen aquí válidas razones para interpretar que la tolerancia y neutralidad no necesariamente conducen al escepticismo moral aunque sea cierto que impiden un realismo “strictu sensu” en términos de absolutismo ético. Ergo, la famosa tercera vía, no solo es posible aquí a modo de interpretar la obra del autor comentado, sino que también aparece como la mejor interpretación de todas.
Si ese disenso no adquiere una entidad tal como para pasar a ser casi impuesto por decantación o interacción natural de grupos, el mantenimiento de la cultura, tradición y por ende, valores morales determinados, no serán una ficción y podrán ser admitidos válidamente. Ahora bien, como la existencia de un grupo disidente no es una amenaza, puesto que de variar las condiciones culturales que dieran forma a los valores morales objetivados y por ende realizados en el mundo exterior con el cual confrontarán todas las generaciones sobrevivientes, solo ocurrirá una intercalación de facetas mayoría- minoría, no hay por que temer a aquél sector y la convivencia pacífica es el símbolo de tolerancia que reclama Rawls.
En definitiva, es precisamente la idea de consenso la que objetiva el juicio moral. Y si encontráramos en Rawls un valor moral derivado del consenso que nos propone cuando los representantes deliberan en total ignorancia en la posición original, arribaríamos a la conclusión que esperamos, en punto a que Rawls no valida las cosas solo procesalmente sino que sus conclusiones tienen valor de verdad moral a partir del multilateral acuerdo en un determinado pueblo, cultura y tiempo. De hecho, los que nacerán y se insertarán en esa sociedad con instituciones básicas ya conformadas en representación de lo que se ha gestado como “justo” desearan suscribir a ello en condiciones de igual equidad (razonabilidad), pero el hecho de predecir que lo desearán no es más que reconocer que es deseable lo moralmente válido.
De no ser así, ¿qué hace pensar al autor que los sujetos desearán lo que ahora califica como deseable en determinadas condiciones? Pierde de vista que en iguales condiciones alguien pueda no desear lo deseable porque algún instinto autosuficiente lo haga conspirar contra su equidad y cooperación social. Pero entendemos que en Rawls, a pesar de todas las licencias que se permite suponiendo personas que solo desearán lo deseable al ignorarlo todo en una abstracción idealista, no logra impedir que se filtren connotaciones valorativas en materia ética que trascienden el nivel de la ética normativa y deslizan que algo es esperable porque es lo correcto.
Su deontología liberal, sobre la que nadie discute ya, no tiene una base solo procedimental sino que al hablar de lo deseable deja entrever su valoración y calificación de opciones por sobre otras que merecen descartarse.
Y en esto lo dicho al comentar las críticas de Sandel merece retomarse. Si no fuera cierto que el acuerdo no es necesariamente el esperado, ningún sentido tendría realzar el mismo como resultado de una deliberación en ignorancia puesto que nada de original ni brillante tendría arribar a un resultado inequívocamente justo.
Esto evidencia que no toda resultante de ese procedimiento es la esperada por el autor sino que hay posibilidades más deseables que otras y ello así porque los que la hacen deseables son los deliberantes que fijan así pautas valorativas objetivas a nivel moral que serán verdaderas, tornando falsas las indeseables.
Es esa esperanza de ajustarse a pautas esperables y desechar las indeseables, en donde se sostiene el deontologisismo, atribuido claramente a Rawls por su prelación de lo correcto sobre lo bueno.
Al respecto, cabe citar que: “A la insistencia de los deontólogos en la importancia de las normas o limitaciones morales subyace la convicción de que evitar las malas acciones es la tarea principal…del agente moral…y la convicción de que, en tanto agentes morales tenemos la facultad de aspirar a evitar las malas obras, objetivo que podemos alcanzar sólo con un esfuerzo razonable y sincero”[12].-
Esta razonabilidad y sinceridad entre los hablantes de la posición originaria es lo que caracterizará el principio subsiguiente de la diferencia que opera como correctivo para un mínimo aseguramiento de libertades. Y digo correctivo porque así lo exige compatibilizar la igualdad con libertades básicas de personas autónomas y con capacidad de decidir.
A poco que sea indeseable la diferencia y deseable la igualdad admitiendo la desigualdad solo si favorece a los más desventajados, surge un claro indicador deontológico pero moral al mismo tiempo en tanto es valorado comunitariamente como correcto que no haya desigualdades y desvalorado su contrario como incorrecto.
De no ser moral el motivo de la desaprobación, nada impediría a mantener el estado de cosas como ha quedado conformado luego de la deliberación en ceguera donde todos se aseguran algo sin necesidad de corregir nada. La idea de desigualda a Rawls no le agrada, y a mí tampoco.
Si eso se despierta, es porque el sabor a injusticia es mucho más que meramente procesal.
Ahora bien, toda vez que esa moral objetiva surge justamente del ejercicio dialéctico, discursivo, deliberativo hasta arribar a un consenso pero con pretensión de instalarse socialmente con previo y posterior condicionamiento de la historia, la cultura y la tradición innegable de los deliberantes e inevitablemente surgida a la postre como resultado si mantenemos la ficción de un “yo” previamente individualizado (en términos de la crítica de Sandel), habrá de ser una moral objetivada, no universalizable ni atemporal y construida a partir de lo que determinamos que desearíamos hacer en determinadas condiciones siempre que se den las mismas. Una manera de idealizar lo que incurrirá de ahora en más pero contando con un acuerdo objetivo y empírico con el cual contrastar.
De eso se trata el contractualismo, de construir por acuerdo no solo de forma sino de fondo al cual recurrir a la hora de que la intuición, la memoria, el instinto o cualquier vehículo a mano, nos recuerde que ese hecho es contrario al que delimitamos previamente al deliberar como el moralmente correcto. Del confronte surgirá su falsación por espontánea reprobación pública, algo que opera como eficaz indicador y que no debe ser subestimado.
El realismo moral, a su turno, cabrá ser definido entonces como la convergencia de posturas morales que se transforman en un juicio ético a respetar dando pautas pasibles de contrastación ante futuras conductas humanas.
En definitiva, si por posturas cognitivistas puede pensarse y descubrirse cómo y cuáles son los hechos morales de manera reflexiva, también puede sumarse a ello un debate, una interacción, una intersubjetividad a modo de comunidad que se improvisa sobre la marcha, para dar lugar a un hecho descubierto, construido u objetivado que ya no será la posición personal de cada uno aisladamente a manera de subjetivismo o preferencia arbitraria, (escepticismo moral), sino como producto de la relación entre los hablantes sin llegar a alcanzar ni pretenderlo, trascendencia alguna por fuera de esa órbita témporo-espacial.
De hecho en el texto sobre el realismo moral de Michael Smith[13], claramente se establece una nueva versión del realismo moral como aquello que es moralmente correcto hacer como deseable en óptimas condiciones de reflexión y razonabilidad, lo cual, se ha visto y se verá, es compatible con los conceptos de John Rawls y su teoría de la justicia. El pasaje que interesa reza: “…los hechos sobre aquello que tenemos razón no son hechos sobre lo que deseamos,... sino más bien hechos sobre lo que desearíamos si estuviésemos en determinadas condiciones ideales de reflexión…”.-
Esto muta la concepción llana e histórica del realismo moral , puesto que la base ontológica no es actual sino proyectada y eso no difiere mucho de la versión cuasirealista dada aquí en tanto surge como proyección de voluntas individuales en deliberación no sumadas como amontonamiento de preferencias arbitrarias sino intercambiadas hasta conformar un criterio rector objetivado.
Contundentemente: “…los hechos morales solo pueden volverse subjetivos en el sentido inocuo de que son hechos sobre lo que desearíamos en determinadas condiciones ideales de reflexión, donde los deseos son…una especia de estado psicológico de los sujetos. Pero los hechos morales siguen siendo objetivos en tanto en cuanto son hechos sobre lo que nosotros y no solo usted o yo desearíamos en semejantes condiciones…”.
Es más, sobre el realismo que aquí se defiende y parece hallarse en Rawls, se ha dicho que “...Otros entienden que los valores morales son el resultado de alguna particular interpretación cultural vinculada a nuestras tradiciones históricas, lo cual supone dar un gran valor ontológico y moral a la comunidad…”[14].-
Y esto es una gran noticia pues vendría a superarse la crítica destacada de falencia ontológica y epistemológica en el realismo moral históricamente conocido en su versión literal de detección de hechos morales en el mundo universales y absolutos.
Esto se trae a colación, pues es perfectamente compatible una moral construída y objetiva en lo sustancial y no solo ritual en Rawls, que con ello supere sus exigencias ónticas. De hecho cuando imagina una sociedad razonable en términos de procurar objetivos de una manera ecuánime entre las ventajas mutuas egoístas y la imparcialidad altruista, plantea una comunidad política a la manera de Sandel que es verificable en el mundo con un esquema de valores que la harán posible. Eso es constitutivo de los hombres sin pretender una nueva identidad del ente social como tal.
Pareciera ser incluso que las groseras diferencias de los miembros de la sociedad que se corrigen con el segundo principio de su teoría ya no son viables en la posición hipotética inicial y ciega pues debe primero reconocer la desigualdad para pretender una igualdad no estricta pero sí democrática (se dan por conocidos los pormenores de la teoría de la justicia de Rawls y sus dos principios, pues no hacen al tema central en debate).-
Ello nos llevaría a pensar que la lotería natural constituye un verdadero “handicap de ciudadanía” de la más pura arbitrariedad según Rawls. Eso ya es una expresión moral y se repele mediante un valor de equidad construido a partir del debate y que llama a ser respetado como verdadero.
Pero hay más. El constructivismo moral o realismo relativo culturalmente, quizá se reafirme en lo que ha sido objeto de críticas hacia Rawls. El autor exige inclusión en la órbita constitucional a nivel normativo, de las libertades básicas de su primer principio de justicia, mientras que reduce al ámbito legislativo infra constitucional a los componentes del segundo principio para equilibrar desigualdades.
Esto ha sido criticado diciendo: “…elude como condición indispensable que las dos partes de su segundo principio de justicia se incorporen como principios constitucionales. Mientras ambas partes del segundo principio queden sujetos al alea de ser recogidos en la instancia legislativa como cuestiones de justicia básica, el ideal de una sociedad justa y bien ordenada que propone en su teoría sólo se mantendrá en términos abstractos y sin concreción real.”[15]
Esto no parece un dato menor en absoluto puesto que no es casual que aquello que hace al respeto a ultranza de libertades individuales pertenezca a la primera de las leyes, la fundamental y por ende difícilmente modificable, relegando las normas del segundo principio a la deliberaciones de legisladores que, aún en la ficción de la construcción del estado, son representantes directos del pueblo de manera institucionalizada.
Evidentemente, lo que sustancia el límite a lo libertario y compatibiliza la libertad individual con su ejercicio igualitario depende del debate de mayor mutabilidad mediante discusión y consenso, por fuera de la férrea y pétrea letra de la Ley Fundamental.-
¿Por qué pensar en la tesis del error del autor o de la omisión? Ni siquiera es contradictoria esa postura. La deliberación en posición originaria de aseguramiento de libertades básicas es fundacional. Ahora bien, la equiparación de su ejercicio en concreto excede lo meramente procesal como producto del primer paso y confiesa un interés valorativo-ético.
Se verá allí una moral en Rawls que asume generosamente que pueda ser la misma en su situación hipotética como lo deseable. Ese acto le permite y casi obliga a admitir que esa parte de la historia la decidan los miembros del grupo, sin ignorar y conociendo qué libertades se han asegurado para operativizarlas mediante consenso sobre lo que se admite como concepción del bien generalizado.
La clave estaría en la rigidez de las normas constitucionales, de procedimientos modificatorios mucho más excepcionales y estrictos, que las normas de un nivel inferior receptivas de los condicionamientos externos que, justamente, externalizarán un valor para la repartición de porciones de ejercicio de esas libertades.
Y esto va de la mano con la sensación térmica social a la hora de valorar o desvalorar un hecho, lo cual lo torna un hecho moral o inmoral y nos reconduce a un realismo moral del tipo mencionado (descriptivismo). La verdad o falsedad es, como se dijo, mediante confronte con la reacción social o pautas reguladoras de conductas sociales. La condena social es lo que otorga valor o disvalor o verdad o falsedad sin ser conveniente asociar el empirismo o naturalismo a lo estrictamente fisicalista.
Es sabido que el legislar supone la receptación institucional de valores ético- nucleares de un pueblo representado por los deliberantes siendo la expresión de amenaza punitiva bajo el rótulo de “bien jurídico”, el mayor ejemplo de esa receptación valorativa.
Eso realiza el valor moral pues ya no es un valor subjetivo proyectado en el mundo (Mackie) sumado a otras numerosas proyecciones individuales más, sino el producido de una interacción de sujetos que da lugar a un ente objetivo al que habrá de adherirse mientras el ideal de consenso siga en pie y receptado en una norma legislativa, no universalizable y mutable mediante reformas que actualicen cambios de idiosincrasia o visión del pueblo.
Se valora en esta línea la tesis atribuida a Dworkin, reconocido sociólogo, al decirse: “La tesis de Dworkin sobre la existencia de reglas lo lleva a una posición cercana al realismo moral. Esta afirmación se funda en que para el autor existirían juicios morales verdaderos pues éstos validarían la verdad de una proposición jurídica. Para que existan juicios morales verdaderos se requiere afirmar la existencia de hechos morales objetivos que serían la referencia de los juicios morales…”[16].-
Con lo dicho parece claro que, a pesar de que variados autores han visto en Rawls un realista moral, no le cabe ese rótulo en el término más puro de la expresión. Pero tampoco procede su antagónico por las razones expresadas. Sobre la viabilidad de una postura intermedia como la definida aquí que postergue a las dos clásicas doctrinas metaéticas que se le han atribuido a este renombrado autor, nos podrán graficar algunos pasajes puntuales de la obra principalmente analizada por ser tal vez la de su mayor reconocimiento, (referencia clara para “Teoría de la Justicia”) sin dejar de mencionar a su obra posterior de similar sesgo mediante su idea de consenso traslapado o superpuesto por pluralismo razonable y equilibrio reflexivo, que también evidenciaría la postura que se defiende en este trabajo[17].-
Así por ejemplo, dando lugar a un claro contenido moral que habrá de trasladar a su teoría, en los albores de su obra magna comienza reconociendo como adelantando que “Siendo las primeras virtudes de la actividad humana, la virtud y la justicia no pueden estar sujetas a transacciones”. [18]
Y más adelante reconoce: “…una concepción de justicia es preferible a otra cuando sus consecuencias generales son más deseables.” [19]
¿Acaso lo más deseable también se determina aisladamente y bajo velo de la ignorancia o es producto de la realidad del esquema que admite correctivos en la realidad práctica? Más bien pareciera que asume la existencia de valores morales y la sensación crece cuando a renglón seguido invoca instituciones sociales (como la familia monógama) que revisten una fuerte carga cultural valorativa. Casi como si en su discurso se filtrase su propia moralidad occidental admitiendo su aparición dentro de su teoría cuando resultó necesario para equilibrar lo que advierte como una injusticia material y no solo procedimental.
Más aún, en un determinado fragmento de su exquisita elaboración, el autor comentado efectúa una afirmación casi idéntica al texto de compendio de ética antes invocado cuando se describía una nueva versión de realismo moral contemporizando lo subjetivo y lo objetivo. Y es elocuente. Así afirma: “…aquellos comprometidos en ella –institución social- pueden mutuamente decirse que están cooperando en condiciones que consentirían si fuesen personas libres e iguales cuyas relaciones entre sí fuesen equitativas…”[20].-
Podría decirse que si fuésemos libres y racionales en situación de equidad, desearíamos los principios de justicia convenidos. Ese acuerdo tiene mucha similitud con aquél realismo moral que determina lo objetivamente moral, verdadero juicio moral, como el deseable en determinadas circunstancias.
Más aún, en otro pasaje, y casi en identidad con Nozick pero al revés, tacha de inmoral lo que mencionáramos ut supra como lotería natural diciendo: “Una vez que nos decidimos a buscar una concepción de justicia que anule los accidentes de los dones naturales y las contingencias de las circunstancias sociales,…nos vemos conducidos a estos principios; expresan el resultado de no tomar en cuenta aquellos aspectos del mundo social que desde un punto de vista moral parecen arbitrarios…”[21].-
La inversión con Nozick (en “Anarquía, Estado y Utopía”) radica en que para éste es inmoral la intromisión de estado en lo que la naturaleza ha otorgado azarosamente, mientras que para Rawls es inmoral no equilibrarlo. Esta es la esencia de su segundo principio, compatibilizado igualdad con libertad básica que lo hace liberal y no libertario, y es allí donde se filtra una concepción netamente moral del valor justicia y no simplemente procesal. No parece observarse una escéptica concepción del bien.
Incluso está dispuesto a reconocer: “Es cierto que la noción de principio ético reconocible es vaga, aunque sea fácil dar muchos ejemplos tomados de la tradición y del sentido común…” Y más adelante, “…toda concepción ética está destinada a descansar hasta cierta medida en la intuición en muchos puntos…”[22].-
Estas licencias del autor parecen filtrar conceptos de moral objetiva por acuerdo o condicionamiento cultural que reafirman que no le cabe un realismo naturalista estricto ni un escepticismo moral que lo aleje totalmente de pautas admitidas como moralmente válidas. Y eso es ir mucho más allá de lo puramente procesal.
Al poner el ojo en los más desaventajados y casi conmoverse con su situación, tachando de inmoral las ventajas arbitrarias que otorga el azar natural, exhortando al intervencionismo estatal mediante sus instituciones básicas, el autor incorpora concepciones del bien y la justicia sustancialmente cargadas de valoración moral como concepción correcta postergando a otras. Ese deontologisismo se traduce en una moral objetiva que parece ser la que habrá de aplicarse y como producto de la instauración de una sociedad y un pueblo deliberante se autolimita en su aplicabilidad pero se aleja de ser una concepción escéptica igual de válida a la que admita loterías naturales o simplemente se limite a reconocer libertades básicas nominales despreocupados de su real y efectivo ejercicio.
Más digo, el autor admite la inserción de futuras generaciones en una cultura influyente y moralmente determinante a la hora de traducir los principios de justicia. Dice: “Creo que el sentido de justicia es adquirido gradualmente por los miembros más jóvenes de la sociedad, a medida que se desarrollan. La sucesión de generaciones y la necesidad de enseñar actitudes morales (por sencillas que sean) a los niños es una de las condiciones de la vida humana…”[23].-
Incluso dedica el autor un apartado a lo que llama moral de la asociación, sosteniendo: “…Estas normas incluyen las reglas de moral de sentido común, juntamente con los ajustes necesarios para insertarlas en la posición particular de una persona; y le sin inculcadas por la aprobación y por la desaprobación de las personas dotadas de autoridad, o por los demás miembros del grupo…Cuando el niño crece, se le enseñan las normas de conducta adecuadas a su situación…Así, la moral de la asociación incluye un gran número de ideales, definido cada uno de ellos en la forma adecuada a las respectivas categorías o funciones…Ante todo, tenemos que reconocer que estos diferentes puntos de vista existen, que las perspectivas de los demás no son las mismas que las nuestras. ”[24].-
Se rescata de estos fragmentos, la asunción de valores morales objetivos que pretende propios de la sociedad desde sus estructuras asociativas o institucionales, como así también el respeto a la subcultura o el deseo disidente.
Esto no es más ni menos que lo que hemos defendido aquí como realismo moral por culturalismo y en perfecta tolerancia, lo cual es claramente trasladable a quien pretende una justicia social en el marco de instituciones en las que reconoce la existencia de “virtudes” y valores morales.
Desliza entonces aquí, su concepto de pluralismo razonable, de la mano de la idea de consenso en el que la reciprocidad es la vedette y desde allí, las virtudes o valores morales objetivos de equidad (contracara de la inmoralidad que representa para el autor la lotería natural) se hacen posibles.
En definitiva, derivar como indefectible un escepticismo moral a partir de conceptos de neutralidad y tolerancia es desconocer sin motivo válido que de allí puedan también inferirse la convivencia pacífica de la subcultura y la interacción para la construcción de un valor moral imperante para la sociedad ya conformada y durante su conformación práctica.
Evidentemente aparece la idea de moral por aprendizaje y derivar de eso la influencia de la historia y tradición para objetivar valores morales, conocimientos, hechos y juicios también morales, verdaderos o falsos, resulta cuanto menos, pensable.
A partir de allí y derivado de esa interacción, se generará un sentimiento moral entre los partícipes que hará que sea esperable lo deseable en determinadas condiciones óptimas que pretenden alcanzarse. Esas expectativas, al ser defraudadas afectando concretamente el derecho de terceros generado en esa intersubjetividad, dará lugar a la reacción del estado que Rawls admite por encima del mínimo de Nozick, esto es, con funciones de defensa pero también de redistribución.
Contundentemente, dice: “…Así, podemos suponer que hay una moral de la asociación en que los miembros de la sociedad se consideran entre sí como iguales, como amigos y asociados, reunidos en un sistema de cooperación, del que se sabe que es beneficioso para todos y que está regido por una común concepción de justicia. El contenido de esta moral se caracteriza por las virtudes cooperativas: las de la justicia y la rectitud, la fidelidad y la confianza, la integridad y la imparcialidad. Los vicios típicos son la avaricia y la injusticia, la falta de probidad y el dolo, la parcialidad y la arbitrariedad. Entre asociados, el hecho de caer en estas faltas tiende a despertar sentimientos de (asociación) culpa, por una parte, y de resentimiento y de indignación por otra…”[25].-
Se aprecia en este párrafo, la clara valoración moral de quien difícilmente sea un escéptico al definir su grupo social como asociación (culturalismo, interacción), con el binomio virtud-vicio parea derivar en “la concepción de justicia” pudiendo admitir una concepción derivada de una discusión reglada de manera netamente procesal en la que el vicio o virtud nada importe.
También podría haber sostenido que en la posición originaria se operativizará “la única moral” objetiva y universal.
Sin embargo eligió dejar eso en manos del grupo social admitiendo el sentimiento genuino y espontáneo de aprobación o desaprobación como identificación/indignación y este es el test empírico para reconocer la verdad o falsedad del hecho o juicio moral. Allí se llenan los espacios vacíos a nivel ontológico y epistemológico.
Y por si hiciera falta más, dice: “Quien alcance las formas más complejas de la moral de la asociación, tal como se expresan, por ejemplo, en el ideal del ciudadano igual, tiene, ciertamente, un conocimiento de los principios de justicia. Ha desarrollo también un afecto a muchos individuos y comunidades particulares, y está dispuesto a seguir las normas morales que se le aplican en sus diversas posiciones y que son mantenidas por la aprobación y desaprobación social…”[26].-
Evidentemente el tiempo, la historia, la institución familia hacen a un realismo como el aquí expuesto. Y el ideal de justicia e igualdad no es solo procesal sino, como se dijo e insisto, sustancial, justamente por ser calificado de “ideal”.
¿Por qué Rawls idealiza el horizonte de igualdad? Porque lo valora moralmente de manera positiva y rechaza su opuesto de arbitrariedad y azar. Y eso se refleja en su teoría con los alcances que las propias asociaciones e instituciones marcarán al interactuar.
Por momentos, parece escéptico en algunas expresiones; eso se asume. Por otros, un realista absolutista. Creo que el eclecticismo así como hemos intentado definirlo, le cae “justo”.
Esta interacción es la que dará paso al llamado “equilibrio razonable”, reflexivo entre derechos antagónicos o deseos opuestos. Por eso no le cabe al autor la idea de que cada quien exprese sus preferencias arbitrarias. De ser así, poco espacio quedaría para preocuparse por la igualdad, un valor que solo se construye actuando colectivamente y equilibrando lo desequilibrado.
En esa línea destaca el amor a la humanidad, el sentimiento de justicia común o coincidente, la amistad social, la afectuosidad, etc.
Y agrega: “…las impresiones morales…son ingratas, en un cierto sentido amplio; pero no podemos, en modo alguno, evitar cierta tendencia a ellas, sin deformarnos a nosotros mismos. Esta tendencia o posibilidad es el precio del amor y la confianza, de la amistad y el afecto, y de una devoción a instituciones y a las tradiciones, de las que nos hemos beneficiado y que sirven a los intereses generales de la humanidad…”[27].-
Se compone así una moral de tolerancia, de grupo, sin opresión ni negación de la subjetividad pero realzando la intersubjetividad, y eso lo objetiviza por la perduración en el tiempo, la entidad propia que adquiere, en la gestación de sentimientos espontáneos que delimitarán la corrección o incorrección de los fines que se persigan, siempre por encima o en prioridad respecto de lo “bueno”.
Así, resalta: “La adecuación de los sentimientos morales a nuestra naturaleza viene determinada por los principios sobre los que se alcanzaría consenso en la situación original. Estos principios regulan la educación moral y la expresión de la aprobación y la desaprobación morales…”[28].-
La idea de sentimiento regulador del comportamiento aparece en escena y es determinante en la deliberación para la praxis y desarrollo de su teoría de justicia en una sociedad bien ordenada. Evidentemente, sí hay para Rawls una forma correcta y otra incorrecta de desarrollar una sociedad que la hará o no ser “bien ordenada”. Evidentemente también, existe un camino verdadero y otro falso de componer una asociación. El primero por la equidad, solidaridad, sentimiento moral de afecto; el segundo, por la propia concepción aislada de las demás por ser todas verdaderas y falsas al mismo tiempo en un subjetivismo moral que como tal, lo haría escéptico pero peligrosamente individualista.
El poder del sentimiento social del que hablamos al referirnos al testeo empírico de la teoría, es reconocido a renglón seguido sosteniendo: “La justicia o injusticia de los ordenamientos de una sociedad y las creencias de los hombres acerca de estas cuestiones influyen profundamente en los sentimientos sociales; en buena medida, determinan la forma en que hemos de considerar la aceptación o el rechazo de una institución por otra, o su intento de reformarla o defenderla…”[29].-
Estos componentes son los que hacen revisables las legislaciones en términos de razonabilidad, y derivado de lo anterior, de moralidad, como factor de control de la sociedad a sus dirigentes e instituciones. Eso es lo que anticipamos al hablar de la representación de los legisladores y demás funcionarios, a la hora de receptar los valores e intereses ético nucleares merecedores de protección.-
V- Concusión
Pareciera ser que el eclecticismo de Rawls para mediar entre la libertad y la igualdad armonizando ambos valores que históricamente parecieron caminar separados, lo hace también mediar entre los dos polos de la metaética, estos son, el escepticismo y el realismo moral.
Un realismo construido a partir del debate e interacción entre los componentes de la sociedad que objetivan así valores morales que serán verdaderos en clara influencia de la cultura, historia y tradición que le dan identidad a un pueblo, sin que ello implique desconocer la identidad de los individuos componentes.
No se trata de un realismo de valores absolutos hallados en el mundo con pretensión de validez universal, pero trasciende lo meramente procesal para alcanzar entidad sustancial.
Tampoco parece caberle el escepticismo moral en términos de que los juicios y hechos morales sean subjetivaciones, a quien coloca en categoría de ideal a la igualdad, al hacer operativas en la realidad las libertades básicas, con carga de connotaciones morales que considera válidas descartando otro desenlace de la posición hipotética que se sustancie en lejanía con la idea de justicia, equidad, reciprocidad y sentimientos de amor por la humanidad.
Casi como si el ejercicio real de libertades básicas reconocidas procesalmente, demandara cuestiones de fondo y reciprocidad desvalorando el egoísmo práctico y la opresión de sectores dominantes de arbitraria o azarosa superioridad social.
Parte entonces del valor de su propio condicionamiento cultural y visión del mundo y lo coloca, como deseable y esperable, en su propia Teoría de la Justicia.-
LEONARDO C. FILLIA
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
1) BARBAROSCH, EDUARDO. Teoría de la Justicia y la Metaética Contemporánea. Ed. La Ley, Buenos Aires, Argentina, año 2007.-
2) BARBAROSCH, EDUARDO. El contrato social contemporáneo. La Ley, año LXVII, nro. 220, 14 de noviembre de 2003.-
3) DAVIS, NANCY. La deontología contemporánea. Compendio de Ética (Peter Singer Ed.). Alianza Editorial, Madrid, España, 1995.-
4) HABERMAS, JÜRGEN. Conciencia moral y acción comunicativa. Traducción de Ramón García Cotarelo. Ediciones Península, Barcelo, España.
5) MULHALL, STEPHEN y SWIFT, ADAM. El individuo frente a la comunidad. El debate entre liberales y comunitarias. Ed. Temas de Hoy, Madrid, España, 1996.-
6) RAWLS, JOHN. Liberalismo Político. Fondo de Cultura Económica, México. Traducción Sergio René Madero Báez.-
7) RAWLS, JOHN. Teoría de la Justicia. Fondo de Cultura Económica, México, 2006 (6ta. Reimpresión).-
8) SMITH, MICHAEL. El realismo. Compendio de Ética (de Peter Singer Ed.), Alianza Editorial, Madrid, España, cap. 35.-
[1] BARBAROSCH, EDUARDO. Teoría de la Justicia y la Metaética Contemporánea. Ed. La Ley, Buenos Aires, Argentina, año 2007, pag. 12.-
[2] In extenso ver, HABERMAS, JÜRGEN. Conciencia moral y acción comunicativa. Traducción de Ramón García Cotarelo. Ediciones Península, Barcelo, España.
[3] BARBAROSCH, EDUARDO. Ob cit., citado en nota 112, pag. 42.
[4] Ob. Cit., pag. 43
[5] Ob. Cit., pag. 41, citado en nota 111.
[6] MULHALL, STEPHEN y SWIFT, ADAM. El individuo frente a la comunidad. El debate entre liberales y comunitarias. Ed. Temas de Hoy, Madrid, españa, 1996, pag. 95.
[7] Ob. Cit., pag. 101.
[8] Ob. Cit., pag. 103.
[9] Ob. Cit., pag. 105.
[10] BARBAROSCH, EDUARDO. Ob. Cit., pag. 12.
[11] Ob. Cit., pag. 45.
[12] DAVIS, NANCY. La deontología contemporánea. Compendio de Ética (Peter Singer Ed.). Alianza Editorial, Madrid, España, 1995, pags. 291-308.-
[13] SMITH, MICHAEL. El realismo en Compendio de Ética (de Peter Singer Ed.), Alianza Editorial, Madrid, España, cap. 35, pags. 539-554.
[14] BARBAROSCH, EDUARDO. Ob. Cit., pag. 17.
[15] Ob. Cit., pag. 89.
[16] Ob. Cit., pag. 95.
[17] In extenso, RAWLS, JOHN. Liberalismo Político. Fondo de Cultura Económica, México. Traducción Sergio René Madero Báez, pag. 137 y ss.
[18] RAWLS, JOHN. Teoría de la Justicia. Fondo de Cultura Económica, México, 2006 (6ta. Reimpresión), pag. 18.
[19] Ob. Cit., pag. 20.
[20] Ob. Cit., pag. 26.
[21] Ob. Cit., pag. 28.
[22] Ob. Cit., pag. 49.
[23] Ob. Cit., pag. 418.
[24] Ob. Cit., pag. 422/3.
[25] Ob. Cit., pag. 427.
[26] Ob. Cit., pag. 427.
[27] Ob. Cit., pag. 441.
[28] Ob. Cit., pag. 442.
[29] Ob. Cit., pag. 444/5.